3. Dios, todo y siempre

Dios, seno y espacio donde nacen y se mueven mis días; raíz de todos los orígenes y fuente de todos los principios. Dios, alma y aliento de todos los pasos y pasiones; término de todos los caminos y definitivo remanso de cuanto vive y crece. Dios, siempre.

Dios, siempre más grande, siempre más acá y más allá, siempre más cerca y más lejos, siempre más semejante y más diferente, siempre más encarnado y siempre más transcendente. Dios, siempre.

Dios del este y el oeste, del sur y hasta del norte. Dios rubio y moreno, inaccesible y fácil, negro y blanco, alto y bajito, varón y mujer, legal e ilegal, afirmado y negado, oculto y revelado... Dios, siempre.

 
  Sí, Dios siempre.
Y en todo caso un Dios que atraviesa y transforma la escena, allá en Mambré, a la puerta misma de la tienda de Abraham: Sara que trabaja, Abraham que mira el horizonte, la tienda al lado del camino, tres caminantes con hambre y con sed, la mesa puesta y lo mejor de la casa servido con adoración ante los tres caminantes, ante el Caminante... pues hablan con una sola voz.
Caminando viene y llega siempre como comensal...
¡Feliz el que reconoce su rostro,
lo sienta a la mesa a la puerta de su tienda
y le sirve,
amorosamente,
lo mejor de su hacienda!.

Fructuoso Mangas Ramos, Salamanca 2002