2. Dios (o dios), encarnado y marcado

Nunca supe si fue el "hazlo todo por ti mismo" o el "quien la hace la paga", pero lo cierto es que Dios se metió de lleno en el infierno de uno de los mundos de su propia creación, a sabiendas de que no había salida ni esperanza.

Nunca pareció más valeroso que la mayoría, incluso quizás lo pareciese menos... Y de repente, como si se ajustase puntada a puntada al arquetipo de los héroes de leyenda, se vistió la piel de habitante humano, se calzó el alma de sufrir injusticias, se puso los corazones de dolor y barro y sangre, y, sin encomendarse a nadie ni pedir consejo, se lanzó a aquel mundo infernal y siniestro.

Hombro con hombro levantó las cosas que los hombres de aquel mundo fueron levantando; sudó como todos y como todos fue herido; esperó con la esperanza de aquella pobre gente y con su misma desesperación siguió esperando con ellos. Sembró los granos en los surcos, arriesgó la salud en fatigosas empresas, cruzó los mares infinitos en las peligrosas y toscas embarcaciones, avizoró los cielos temiendo por las cosechas, tembló bajo los huracanes y las olas desmedidas, se aterró con las enfermedades y desgracias de los hijos...

Volvió con la piel atezada y llena de marcas, los ojos más azules y como de mirar más lejano, las palabras más concisas y los silencios más largos, delgado pero con músculos de acero y de diamante. Y ya no pide consejo ni ha vuelto a crear más mundos.
Pocos son los dioses que inspiren tanto respeto.

Miguel Cobaleda Collado. Historia de los dioses. Pasión del Lucía. Salamanca 1999